Mi idilio con el Lord del Barro y por qué cambió el 4×4 para siempre.
Mi idilio con el Lord del Barro y por qué cambió el 4×4 para siempre.
En el mundo de los coches clásicos, hay nombres que se pronuncian con respeto y otros que se susurran con reverencia. Pero hay uno que rompió el molde para siempre: el Range Rover Classic.
No os hablo desde la teoría ni desde la ficha técnica de una revista vieja. Os hablo desde el asiento del conductor, con las manos manchadas de grasa y el olor a gasolina quemada impregnado en la ropa. A lo largo de mi vida he tenido dos unidades de esta bestia británica. Dos Range Rover Classic puros, de los de antes. Nada de inyección electrónica sofisticada ni suspensiones neumáticas que te dejan tirado en el suelo.
Hablo del corazón de aluminio: el motor V8 de 3.5 litros, alimentado por esa pareja de carburadores Stromberg gemelos que requerían tanto oído como tacto, y gestionado por una caja manual de 4 velocidades que se sentía como manejar el cerrojo de una fortaleza.
Recuerdo perfectamente la primera vez que me subí a uno. Al girar la llave y escuchar ese gorgoteo profundo, grave, casi perezoso del V8 al ralentí, supe que estaba en algo diferente. No era rápido según los estándares de un deportivo moderno, pero tenía un ímpetu, un par motor desde el sótano de las revoluciones, que te hacía sentir que llevabas el coche más potente del mundo entre manos. Daba igual si había asfalto, barro, nieve o una pared delante; al volante de aquel Range, sentías que no había lugar en la Tierra al que no pudieras llegar.
Hoy, en A Real Garage Dog, vamos a destripar por qué este coche no solo es mi debilidad, sino el punto de inflexión de toda la industria del todoterreno.
Para entender por qué el Range Rover Classic es un mito, hay que levantar ese capó plano y enorme (con las esquinas visibles desde el puesto de conducción, como debe ser).
Lo que encontrabas ahí abajo era ingeniería con alma. Mis dos unidades montaban el legendario bloque V8 de origen Buick, fabricado en aluminio. Mientras el resto de 4×4 de la época eran anclas de hierro fundido que hundían el morro en la arena, el motor del Range era ligero y elástico.
Pero la magia —y a veces la pesadilla— residía en la alimentación. Los carburadores Stromberg CD175 gemelos. Ah, los Stromberg… Si has tenido uno, sabes de lo que hablo. Tienen una membrana de goma y un pistón que sube por vacío, y requieren un aceite específico en el amortiguador (el famoso dashpot oil). Cuando estaban bien ajustados, sincronizados al milímetro, la respuesta era mantequilla pura. El coche no aceleraba, avanzaba con una fuerza imparable, sin tirones, con un sonido de succión que se transformaba en un rugido ronco.
Y luego estaba el sistema eléctrico. Joseph Lucas, conocido cariñosamente en el mundo anglosajón como «El Príncipe de las Tinieblas». El distribuidor Lucas y el cableado británico tenían su propio carácter. Las luces del cuadro a veces parpadeaban como saludándote, y los fusibles parecían tener vida propia. Pero, ¿sabéis qué? Eso formaba parte del encanto. Te obligaba a conocer tu máquina, a escucharla, a entender que no era un electrodoméstico, sino un ser vivo mecánico.
Con la caja de 4 velocidades (la LT95 en los primeros modelos), cada cambio era una declaración de intenciones. La palanca era larga, el recorrido amplio, y al engranar la marcha sentías cómo toda la transmisión, desde el diferencial central hasta los ejes, se tensaba lista para empujar.
Pero mi obsesión personal tiene una justificación histórica. Detrás de esta leyenda hubo un hombre con una visión: Charles Spencer «Spen» King.
Era ingeniero jefe en Rover y sobrino de los fundadores de Land Rover. A finales de los 60, King se dio cuenta de un hueco en el mercado. Los granjeros y terratenientes tenían un Land Rover (el Serie II o III) para el trabajo duro, pero necesitaban una berlina Rover para ir a Londres o al club social. El Land Rover era una tortura en autopista: ruidoso, lento e incómodo.
La idea de King fue radical: crear un vehículo con la capacidad off-road de un tractor, pero con el confort y la velocidad de crucero de una berlina. Mientras otros fabricantes (como los americanos con el Jeep Wagoneer o el Ford Bronco) seguían pensando en esquemas de suspensión de camión, King apostó por la tecnología. Quería un coche que sirviera para cruzar África y para aparcar frente a la ópera.
Y vaya si lo consiguió.
El Range Rover Classic (presentado en 1970) no fue solo una cara bonita. Fue una revolución técnica que dejó a la competencia obsoleta de golpe. Hubo tres pilares que definieron su superioridad y que yo disfruté en cada kilómetro con mis dos V8:
Hasta ese momento, si querías capacidad de carga y resistencia, usabas ballestas (hojas de metal curvadas). Eran duras, rebotaban y te dejaban los riñones destrozados. El Range Rover introdujo muelles helicoidales en las cuatro ruedas con un eje trasero autonivelante (el famoso Boge Hydromat en el centro). El resultado: Un recorrido de suspensión absurdo. Podías cruzar zanjas donde otros se quedaban con una rueda en el aire, mientras tú mantenías tracción y, lo más importante, no te partías la espalda en el proceso.
La mayoría de 4×4 de la época iban en tracción trasera (2WD) y conectabas la 4×4 manualmente cuando la cosa se ponía fea. El Range Rover, no. Tenía tracción a las cuatro ruedas siempre. Gracias a un tercer diferencial central (bloqueable), el par se repartía constantemente. Esto no solo le daba esa tracción monstruosa en barro de la que os hablaba al principio, sino que lo hacía mucho más seguro en asfalto mojado o carreteras reviradas. Era seguridad activa antes de que se inventara el término.
Frenar una bestia de dos toneladas que baja una pendiente de barro es complicado. Los frenos de tambor se calientan y pierden eficacia con el agua. Spen King le puso discos en las cuatro ruedas. Una locura para 1970. Pero funcionaba.
Hay un dato que siempre uso para cerrar la boca a los que dicen que es «un coche viejo y cuadrado». El diseño del Range Rover Classic fue tan puro, tan honesto en su función, que en 1971 se convirtió en el primer vehículo expuesto en el Museo del Louvre de París como «obra maestra de diseño industrial».
Sus líneas no buscaban ser bonitas; buscaban ser útiles.
El capó almenado: Para ver las esquinas del coche al maniobrar.
La cintura baja y mucho cristal: Para tener una visibilidad de 360 grados (vital en el campo).
El portón trasero dividido: Perfecto para sentarse a comer un bocadillo o ver una carrera de caballos (o para cargar herramientas, en mi caso).
David Bache fue quien pulió las líneas maestras de King, creando esa silueta que apenas cambió en 25 años de producción. Y aunque mis dos modelos eran herramientas de trabajo, tenían esa elegancia innata. Eran espartanos por dentro (suelo de goma lavable con manguera, asientos de vinilo o tela resistente), pero destilaban clase.
Aquí es donde los puristas de Toyota se me tiran al cuello. Muchos consideran al Toyota Land Cruiser (Serie 80) como la cúspide del 4×4. Y no seré yo quien lo niegue: el HDJ80 es una máquina soberbia.
Pero hay que ser justos con la historia. La configuración técnica que hizo famoso al Toyota en los años 90 (muelles, ejes rígidos, tracción permanente) ya la había inventado el Range Rover 20 años antes. Toyota perfeccionó la fiabilidad (no nos engañemos, lo japonés no gotea aceite tanto como lo inglés), pero Land Rover inventó el concepto. El Range Rover fue el pionero que abrió el camino por la selva para que los demás pudieran pasar.
Ahora bien, tener un Range Rover Classic no es todo glamour y portadas de revista. En A Real Garage Dog nos gusta la verdad.
Estos coches tienen enemigos. El principal es el óxido. El Range tiene una carrocería de paneles de aluminio (que no se oxidan), pero van atornillados a un esqueleto de acero. Y ahí se produce la «corrosión galvánica». Si vas a comprar uno, mira los pasos de rueda, el suelo del maletero y el marco del portón trasero superior (que casi siempre está podrido).
Y el consumo… bueno. Esos carburadores Stromberg y ese V8 no son amigos del ahorro. Hablamos de medias de 18 a 25 litros a los 100 km si te pesa el pie (y con el sonido que tiene, te pesará). Pero, ¿sabéis qué? Cada litro quemado es una sonrisa.
El Range Rover Classic se fabricó hasta 1996, evolucionando hacia el lujo con cuero, inyección y cambios automáticos. Pero para mí, la esencia pura está en esos primeros modelos, los de los carburadores, los de la caja manual, los que te exigían conducirlos de verdad.
Es un coche que tiene alma. Es el «Perro Viejo» del garaje. Puede que ya no sea el más rápido, puede que marque su territorio con alguna gota de aceite en el suelo, pero cuando el terreno se rompe y las cosas se ponen difíciles, sigue teniendo ese ímpetu aristocrático que te dice: «Tranquilo, chaval, yo me encargo».
Si tienes la oportunidad de ponerte al volante de uno, hazlo. Siente cómo se levanta el morro al acelerar, escucha cómo tragan aire esos Stromberg y entenderás por qué, medio siglo después, todos los SUV de lujo del mundo siguen intentando imitar a aquel primer Range Rover.
¿Tienes una historia con un clásico 4×4? ¿Eres del equipo Land Rover o del equipo Toyota? En este garaje, todas las historias de grasa y gasolina son bienvenidas. Déjanos tu comentario o escríbenos para que tu coche sea el protagonista del próximo rescate.
Nota del Editor (A Real Garage Dog): Próximamente profundizaremos en un artículo técnico dedicado exclusivamente a la puesta a punto de los carburadores Stromberg CD175. Prepara el aceite de dashpot y el destornillador.
Mi idilio con el Lord del Barro y por qué cambió el 4×4 para siempre.
El Intento de Wolfsburgo por Olvidar al Escarabajo
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Comments
Adam Gordon
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